Apocalipsis 17 La Ramera (Exégesis) Por Juan Stam


Apoc 17:1

Al presentarse ante Juan, el ángel le invita a ver una nueva visión: “Ven, te mostraré el castigo de la gran prostituta que está sentada sobre muchas aguas” (17:1). Aunque el ángel sólo ofreció a Juan una visión del castigo de la ramera, procedió a darle mucho más de lo que había prometido. La repentina introducción de esta nueva figura simbólica no deja de sorprendernos, pues nada al final del capítulo trece nos hizo esperar más episodios del drama del dragón ni todo un personaje nuevo, mucho menos una ramera. Esta escandalosa metáfora viene a completar la galería de imágenes del imperio romano: es un monstruo inspirado por un dragón, promovido por un falso profeta; es Babilonia (14:8) y es una meretriz corrupta y vulgar. Así culmina la retórica político-demonológica de Juan.

Esta es la primera vez que aparece la palabra krima (sentencia, castigo) en el Apocalipsis. A diferencia de krisis, que acentúa más el proceso judicial, el énfasis de krima cae en el resultado como “un veredicto judicial de condena” (Lc 24:20; 2 P 2:3; 1 Clem 51:3; Thompson 1998:159). Por eso, en estos capítulos no se trata de un proceso de juicio, para determinar la inocencia o la culpa de ella, sino de la ejecución definitiva de la justicia divina contra ella. En el pasaje, el juicio contra la ramera consistió precisamente en su destrucción. Con eso, Dios comenzó a responder al grito de los mártires debajo del altar, reclamando justicia (Ap 6:10; cf. 19:2) . Esta realización de la justicia es el tema central de todo este bloque textual.

Juan introduce a la ramera como una figura ya conocida por los lectores, posiblemente de la tradición oral o de las escrituras hebreas. Pablo Richard (1994:159) señala la relación de las palabras pornê (prostituta), porneia (prostitución), y porneuô (prostituirse) con el verbo extra-bíblico de pernêmi, vender, venderse. Richard percibe esa misma connotación comercial en el texto: los reyes se prostituyen en Roma, donde se venden por una cuota de poder y riqueza. Como comenta Pikaza (1999:191), Roma era “un mundo que se vuelve compra-venta” de vidas y almas, títulos reales y tratados comerciales, poder y riqueza que sólo podía otorgar el imperio.

Del pasaje entero queda muy claro que la ramera no es una mujer sino una ciudad (17:5,18). Era común entre los antiguos, y especialmente los profetas hebreos, personificar a las ciudades como si fueran personas, y especialmente como mujeres (Keener 2000:404; Collins 1990:1012). Según Is 66:7-11, Sión es una mujer gritando con dolores de parto y que da de mamar a su criatura. Ezequiel 16 describe la relación de Yahvé con Jerusalén como una historia de amor desde el nacimiento hasta la pubertad de ella (16:4-7) y su eventual infidelidad al Señor (16:15-52); Ez 23 cuenta la historia sexual de dos hermanas, llamadas Aholá y Aholibá, como parábola del adulterio espiritual de Samaria y Jerusalén. Eso deja claro que la ramera del Ap 17 no es una “trabajadora sexual” y que el pasaje no tiene nada que ver con la conducta sexual de ella ni de ninguna mujer, sino que describe la idolatría y corrupción de una ciudad llamada “Babilonia”.

En el AT el adulterio (o fornicación) y la prostitución fueron símbolos muy comunes para diversas formas de desobediencia y pecado, mayormente de Israel pero también de otras naciones. La frecuente idolatría de Israel se describía como adulterio, por ser infidelidad a su pacto con Dios, entendida como infidelidad al matrimonio (Dt 31:16; Is 57:3-13; Jer 5:7; Ezq 43:7,9 y algunos otros pasajes). Las prácticas idolátricas de los israelitas se consideraban como fornicación, aparte totalmente de cualquier sentido sexual, porque el pacto entre Dios e Israel tuvo la forma y la fuerza de un juramento matrimonial (Ez 16:59), de modo que Israel es la esposa de Yahvé y Yahvé es el esposo de Israel (Jer 3:14,20; Newsome y Ringe 1990:378). Según Jeremías, cuando se rompe ese pacto Dios puede divorciar a Israel (3:1-2,7-8). Puesto que ninguna otra nación goza de esta relación especial con Yahvé, sólo Israel puede cometer adulterio contra Dios (Ladd 1978:196; Pikaza 1999:194).

Mucho más común, sin embargo, es la denuncia de infidelidad espiritual como prostitución, principalmente de parte de Israel. Jeremías, en un pasaje lleno de detalles gráficos, fustiga esta conducta de Israel (3:1-3,6-9; 25: cf. 2:20; 5:7; 13:27). Aun más explícito y mordaz, Ezequiel describe la historia de Israel como la escandalosa degradación sexual de dos hermanas, Aholá (Israel del norte) y Aholibá (Judá; Ez 23:1-49; cf. 16:1-52). Aunque el enfoque se concentra en la idolatría, el profetas denuncia también las relaciones comerciales (16:29), la violencia y el asesinato (23:37,39,45). En sólo dos pasajes los profetas acusan a otras naciones de prostitución. Isaías, después de denunciar a Tiro larga y vehementemente por su explotación comercial de otros países, lo tilda de ramera (23:17-18). En los mismos términos, Nahum denuncia a Nínive, capital del poderoso imperio asirio, como “ciudad sedienta de sangre… insaciable en su rapiña (3:1)” y “esa ramera de encantos zalameros, esa maestra de la seducción” (3:4). Nahum condena también el comercio de Nínive (3:16, “Aumentaste tus mercaderes más que las estrellas del cielo”) y a sus dignatarios y oficiales (3:17).

El predominio de acusaciones de prostitución contra Israel en vez de adulterio, que hubiera sido más lógico, merece una explicación. Ambos términos generalmente incluyen la idolatría, pero “prostituirse” sugiere correr de un ídolo a otro, “abrir sus piernas” a cualquier hombre que le aparezca (Ez 16:15,25) y fornicar bajo todo árbol frondoso (Jer 3:6). También implica, en estos textos, acción habitual (Ez 16:25, “fornicaste sin cesar”), indiscriminada, disoluta y desvergonzada (Jer 3:3). Fundamental a toda la descripción es el aspecto comercial, el estar dispuesto a venderse por ganancias materiales. Una ciudad-ramera hará cualquier cosa para aumentar su poder y su riqueza.

Aunque el pecado de idolatría figuraba casi siempre en las denuncias de prostitución, de ninguna manera se limitaba a eso ni tampoco a pecados de naturaleza religiosa o espiritual, como queda claro de los textos que acabamos de resumir. Además de los pecados sexuales, la idolatría y la brujería, se destaca fuertemente el elemento comercial. Muchos pasajes relacionan el tema también con las alianzas políticas, como el pecado de confiar en otros países y ejércitos (Egipto, Asiria, Babilonia; Ez 23:5,12,14-17) y no en Yahvé. Otros textos incluyen una denuncia de la crueldad y la violencia, atribuibles a la supuesta dureza de corazón de la ramera (Nah 3:1; cf. Jer 3:3; Anchor V:509). A diferencia del adulterio, la figura de prostitución incluye la idea de fomentar y promover la misma corrupción en otras personas y naciones.

Juan nos informa también que la gran prostituta está sentada sobre muchas aguas (17:1). Obviamente, la metáfora de estar “sentada sobre muchas aguas” (epi hudatôn pollôn) no debe entenderse en sentido literal. En el Apocalipsis, la posición sentada significa autoridad, victoria o dominación. Comúnmente simboliza entronización (Ap 4:3,6); “Yo estoy sentada como reina”, dice la gran Babilonia (18:7; cf. Is 47:5-8). Según Beale (1999:848), kathêmai en Apocalipsis siempre significa soberanía. Como “sentada”, Roma controla al imperio (la bestia; 17:3,9) y a los pueblos (17:15).

La mención de “muchas aguas” es una clara alusión al oráculo contra Babilonia, “Tu, que habitas junto a muchas aguas y eres rica en tesoros” (Jer 51:13; cf. Sal 137:1, “Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos”). La frase parece referirse a la extensa red de canales y arroyos para regar a Babilonia con las aguas del Éufrates. La iconografía y la retórica antiguas solían personificar a ciudades o países como una mujer, o diosa, entronizada a orillas de un río (Keener 2000:405). Otras comparaciones con ríos ocurren en Is 8:7-8 (Asiria) y Jer 46:8 (Egipto). En 1QpNah las aguas se refieren a los Kittim (1:3-4; los gentiles) y los nobles (guerreros) de Manasés (3:8-9).

De todo el capítulo queda claro que con esta frase Juan se refiere a la ciudad de Roma como capital del imperio. Es típico de su estilo aplicar simbólicamente al imperio romano detalles de naciones antiguas. Aunque Roma no era exactamente una ciudad “sentada sobre muchas aguas”, sí tenía todas las características de una nueva Babilonia. Además, como ciudad Roma no estaba bien ubicada para el comercio terrestre, pero sí para el comercio marítimo. De hecho, el Mediterráneo fue el medio vital para la expansión de su poder y su riqueza. Roma era, en verdad, una ciudad y un imperio “sentados sobre muchas aguas”.
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Apoc 17:2

A continuación Juan denuncia el pecado de Roma con dos metáforas: Con ella cometieron adulterio los reyes de la tierra (17:2). La primera acusación, de fornicación, es obviamente un simbolismo político, ya que son específicamente los reyes que cometen adulterio con la ciudad de Roma; son monarcas vasallos que se aprovechan de sus alianzas con el imperio. Estos reyes y naciones, como unos cuantos clientes de una prostituta, han vendido su dignidad e integridad con el fin de participar en los deleites de ella. Los reyes que compartían los deleites de la ramera, ahora compartirán su juicio y destrucción.

Aunque el simbolismo de fornicación y prostitución, como ya hemos visto, se refería básicamente a la idolatría, en muchos casos, como en este texto, tenía un significado económico y político (Ladd 1978:197; Beale 1999:849-850,856; Aune 1998B:960). Las denuncias de Ezequiel contra Samaria y Jerusalén como rameras (Ez 16 y 23), mencionadas arriba, se concentran en el culto a los ídolos (23:38-39), pero no dejan fuera el comercio explotador, la violencia y el asesinato como otros aspectos de su fornicación (Ez 16:29; 23:37,45). La descripción que hace Isaías de la corrupción de Tiro, al “prostituirse con todos los reinos de la tierra” (Is 23:15-17; cf. Ap 17:2), es mayormente económica (23:1-3,8,10,14,18). El profeta Nahum, también, acusa a Nínive, ciudad capital de Asiria, de prostitución (Nah 3:4) por la insaciable rapiña de sus mercaderes (3:1,16) y por los “encantos zalameros” con que seduce a las naciones (3:4).

La ampliación del tema en el capítulo 18 confirma este sentido enfáticamente económico de la acusación de prostitución. Siete vocablos de claro significado económico dominan el capítulo 18: plouteô (ser rico, hacerse rico; comerciar), strêniaô/strênos (vivir con lujos; lujo), liparos (costoso, lujoso), lampros (espléndido, lujoso), emporos (comerciante), tejnê/tejnitês (oficio/artesanía) y megistan (magnate). En 18:3, como evidente aclaración del adulterio y borrachera de 17:2, se añade como causa del castigo de Babilonia el que “los comerciantes de la tierra se enriquecieron a costa de lo que ella despilfarraba en sus lujos” (tou strênous autês eploutêsan; “con su lujo desenfrenado”, BJ). Según 18:7 (cf. 18:9), Babilonia “se entregó a la vanagloria y al arrogante lujo (strêniaô)”; en su fornicación borracha, los negociantes internacionales de la tierra se enriquecieron con el comercio de “cosas suntuosas y espléndidas” para Babilonia (18:14; panta ta lipara kai ta lampra). De las tres endechas de 18:9-19, el lamento por mucho más largo y detallado es el de los comerciantes (11-17a), seguido por el de los transportistas marítimos (18:17b-19). El juicio de Dios cayó sobre “Babilonia” por el comercio explotador con que sus magnates se habn enriquecido (18:18,23, eploútêsan) y por su sangrienta violencia (18:24). Estas evidencias exegéticas confirman, más allá de toda duda, el sentido enfáticamente económico de la prostitución de la ramera.

La segunda metáfora es la de la borrachera: y los habitantes de la tierra (hoi katoikountes tên gên) se embriagaron con el vino de su inmoralidad (17:2). La ramera no sólo seduce a los reyes de la tierra, sino también emborracha a todos los que le siguen. El simbolismo de la copa de vino embriagante es frecuente en el AT. En algunos pasajes, es Dios quien emborracha a alguna nación (Is 51:17-23; Ez 23:31-33 a Israel; Is 29:6-9, Jer 25:15-29, a enemigos de Israel; Jer 48:26, a Moab; Lam 4:21, a Edom). Según Jeremías 51:7-8, Babilonia había sido una copa de oro en la mano de Yahvé para castigar a muchas naciones (cf. Jer 46-49), pero ahora Dios va a castigar a Babilonia (capp. 50-51). La condición de embriaguez se describe con detalles muy vívidos: tambalearse y perder el juicio (Is 51:22; Jer 25:16; 51:7), caerse al suelo para ser pisoteado (Is 51:23; Jer 25:27) y revolcarse en su propio vómito (Jer 25:27; 48:26). Así son las consecuencias del imperialismo, sea el de Babilonia, de Tiro o de Roma.

El énfasis central en la fornicación como símbolo del imperialismo económico nos permite entender esta borrachera como la seducción embriagante de los lujos y deleites que ofrecía el sistema internacional bajo Roma (Aune 1998B:932). Se refiere al imperio del “lujo, ostentación y riqueza” que “seduce y atrapa a todos” con “la seducción del tener y del poder” (Arens y Mateos 2000:335). Osborne (2002:609) observa que, lo mismo como pasa con los borrachos, las naciones pierden el control de sí mismas y están controladas por un poder ajeno. G. K. Beale (1999:849) interpreta esta “pasión intoxicante” de las naciones como la oferta de seguridad con que el imperio las seducía. Era una especie de chantaje: coopera con el sistema y te garantizarás la seguridad material (2:9,13; 13:16-17), pero si no, el imperio te destruye. Bajo esas condiciones, afirma Beale, la seducción del imperio era irresistible y apagaba todo deseo de resistir. La seducción era irresistible, pero los cegaba a su verdadera inseguridad y a la seguridad que sólo puede hallarse en Dios y su voluntad.

Ap 17:3-6

Después de esta introducción por el ángel copero, comienza una nueva visión con un traslado extático: Luego el ángel me llevó en el Espíritu a un desierto (17:3). Curiosamente, la mujer sentada sobre muchas aguas se halla a la vez en la sequedad árida de un desierto. Este texto y 21:10 son las únicas veces que ocurre el verbo apoferô (“llevar”) en el libro, y ambas veces el ángel (probablemente el mismo) transporta a Juan para recibir la visión de una mujer: de la ramera en el desierto, y de la Esposa en (o desde) un monte. Este notable paralelismo, junto con muchos otros, subraya el contraste dramático entre las dos mujeres y las dos ciudades con las que concluye el libro del Apocalipsis.

La idea central de la palabra erêmos es la de un lugar inhóspito, que no puede sostener la vida; es el lugar de la anti-vida. Es también la morada de toda clase de espíritus malignos. Según Ford (1975:287), es el lugar de la ausencia de Dios. Como tal, es un lugar muy apropiado para la ramera imperialista. Este detalle completa también otro aspecto del cuadro de los tres aliados del dragón: la gran bestia surge del mar, el falso profeta de la tierra y la ramera tiene su morada en el desierto. De forma parecida, las langostas de la quinta trompeta suben del abismo, cuartel general de los demonios. Todos estos detalles corroboran el origen satánico de estos agentes del imperio y del culto al emperador.

A continuación Juan reporta lo que experimentó en el desierto: vi una mujer montada en una bestia escarlata (17:3). Es obvio que esta mujer es la misma ramera de los versículos anteriores. Aquí encontramos una tercera ubicación de ella: sobre muchas aguas (17:1), en el desierto y montada sobre la bestia (17:3). El estar montada sobre esa bestia corresponde bien a la identidad de ella como ciudad capital del imperio (17:5,18), sentada sobre las siete colinas de Roma (17:9). Como la bestia es una clonación del dragón, y la adoración del emperador es culto al diablo (Ap 13:2), aquí Roma, como ciudad y como imperio, es declarada, sin tapujos, satánica.

Es probable que la posición de la ramera como “sentada sobre la bestia” (kathêmenên) signifique el control que ejerce ella, como ciudad capital, sobre todo el imperio (Osborne 2002:610). En el Apocalipsis el verbo kathêmai (“sentarse, estar sentado”) lleva comúnmente el sentido de “estar entronizado” (Mesters y Orofino 2003:300; Aune 1998B:934), especialmente en el título divino de “el que está sentado sobre el trono” (4:2 y 12 veces más), pero también del Hijo de hombre (14:14-16, con corona y de los veinticuatro ancianos (4:4; 11:16). En el mismo sentido, la ramera (Babilonia) dice, “estoy sentada como reina” (18:7). La imagen sugiere que la mujer domina a la bestia y que anda orgullosamente en victoria y poder sobre sus súbditos.

Aquí Juan nos provee también una característica nueva de la bestia, la cual consiste en su color, que es escarlata (kokkinon). La descripción de la gran bestia en el capítulo 13 no le asigna ningún color, pero la del dragón sí menciona su color rojo encendido (12:3, purros, como fuego). Ahora en 17:3 el color parecido de la bestia reafirma de nuevo la estrecha identificación de la bestia con su amo, el dragón, y por ende, lo satánico del imperio y su culto. El versículo siguiente continúa con este empleo metafórico de colores al describir el vestido de la ramera como “púrpura y escarlata” (porfuroun kai kokkinon, 17:4). Aunque muy parecidos, la escarlata se derivaba de un pequeño insecto y la púrpura de un marisco llamado “murex” (Danker 554, 855). Osborne (2002:610) entiende el color escarlata de la bestia como una alusión a la riqueza y el lujo exorbitante del imperio. Ford (1975:287) sugiere que la escarlata era un color que se usaba para atraer la atención, a veces por una prostituta (Gn 38:28 por Tamar; Jos 2:18 por Rajab). Mientras la púrpura (porfura) era un lujo propio de reyes y magnates, la escarlata (kokkinos) era el color de la capa del soldado romano (Danker 554; cf. LouwN 79:29; Court 1979:147; Thompson 1998:159), por lo que podríamos tener aquí una nueva denuncia del militarismo del imperio.

Juan sigue su descripción de la bestia escarlata mediante la mención, a modo de repaso, de dos características ya presentes en el capítulo 13: La bestia estaba cubierta de nombres blasfemos contra Dios, y tenía siete cabezas y diez cuernos (17:3). Aquí también Juan introduce un cambio: la descripción anterior de la bestia hablaba de un nombre blasfemo contra Dios en cada cabeza (13:1), pero ahora afirma que toda ella está cubierta de esas blasfemias, lo que podría sugerir que el imperio entero estaba permeado de idolatría y blasfemia (Richard 1994:160; Swete 1951:215). Podría aludir también a las innumberales divinidades del imperio (Wikenhauser 1981:208) y las estatuas, templos y muchos otros edificios donde se afirmaba la deidad del imperio (Preston y Hanson 1949:112). La blasfemia, como observan Arens y Mateos (2000:337), no estaba sólo en las cabezas sino en el cuerpo entero; “ella misma (el imperio) es blasfemia”.

Para mayor identificación de esta bestia escarlata con la del capítulo 13, Juan alude también a las siete cabezas y los diez cuernos de la misma (13:1 de la bestia; cf. 12:3 del dragón). Menciona esas dos características porque son las que va a interpretar más adelante (17:9-18). Ahora omite las diademas de 13:2, porque no entran en la interpretación correspondiente. Son notables las grandes variaciones entre los diversos relatos de bestias. Daniel no menciona las siete cabezas, las diademas ni los nombres blasfemos de Ap 13. Por su parte, Ap 13 hace total caso omiso de todos los detalles de las tres primeras bestias (Dn 7:4-6), de la lucha de los cuernos y del surgimiento del cuerno pequeño (Dn 7:7-8,19-21). Ap 17 deja fuera las diademas sobre los cuernos (Ap 13.1), aunque los cuernos mismos son centrales al argumento del capítulo. Es obvio que Juan no piensa en términos de profecías predictivas literales y cumplimientos mecánicos de lo vaticinado.

Juan vuelve ahora a la descripción de la mujer: La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada con oro, piedras preciosas y perlas (17:4). La combinación de porfura y kokkinos vuele a aparecer en 18:12 y 18:16, entre los lujos de consumo de Roma. El simbolismo puede referirse tanto al excesivo lujo en que vivía la aristocracia de la capital como también al muy lucrativo comercio internacional en estos productos (cf. Jer 10:9; Ez 27:7,16). El hermoso color de la púrpura, además del proceso sumamente largo y difícil de la extracción de su tintura de pequeños mariscos, resultaban en un precio que estaba al alcance sólo de los más ricos (cf. Lam 4:5; Lc 16:19). Vestida tan lujosamente, la ramera es “todo un cuadro de riqueza, extravaganza, lujo y comodidad” (Michaels 1997:192).

En el Antiguo Testamente la púrpura, como la más hermosa y más costosa de las telas, dominaba en los esquemas decorativos del tabernáculo y del templo. Las cortinas tenían que ser de ese color (Ex 26:1,4,31; 27:16), como también las vestimentas del Sumo Sacerdote y demás sacerdotes (Ex 28:5,33; 29:1), además del efod (28:8; Jue 8:26) y el pectoral (Ex 28:15). Según Números 4:7-8, el paño sobre la mesa de la presencia tenia que ser de púrpura, como también el que cubría el altar (4:11). Su uso se asociaba especialmente con reyes y gobernantes (Jue 8:26). El palacio de Asuero, rey de Persia, ostentaba cordones de púrpura (Est 1:6), y Asuero, para honrar a Mardoqueo, le dio “ropas reales de azul y blanco, una gran corona y un manto de lino fino color púrpura” (8:15). Lo mismo entregó Belsasar a Daniel, junto con una cadena de oro y el título de gobernador (Dn 5:7,16,29). Este es obviamente el sentido de la burla de dar a Cristo un manto de color púrpura y una corona de espinas, por haberse llamado rey (Mr 15:17; Jn 19:2,5). Bauckham (1993A:354) observa que vestidos de púrpura eran “el símbolo de status más constante en todo el mundo antiguo”, muy parecido a los automóviles de lujo hoy. Se vestían expresamente con el fin de demostrar el poder y la riqueza de sus dueños, como insignia de su rango social (Aune 1998B:935; Court 1979:147).

Además de estar vestida de púrpura, la ramera está adornada con oro, piedras preciosas y perlas (17:4). Esta triple descripción de las alhajas de ella refuerza la imagen de su exorbitante riqueza y su vanidad ostentosa. En 18:16 es Babilonia (Roma) la que ostenta estos mismos lujos, que son mercancías claves de su comercio (18:12). Va en primer lugar el oro, que en seguida reaparece en la copa que ella lleva en la mano. Para algunos comentaristas, la frase “dorada con oro” puede aludir a una práctica de las rameras de dorar sus cuerpos (Swete 1911:216; Verbum Dei 1959:490). El mismo simbolismo se aplicaba a la ciudad de Roma. En la famosa inscripción de Abercio (ca.180 d.C.), éste dice que fue enviado a Roma “para ver la majestad imperial y la reina adornada con un vestido dorado y llevando zapatos de oro” (Finnegan 1949:385; cf. Eusebio, HE 5.16.3).

Oro, piedras preciosas y perlas: estos tres lujos, junto con la púrpura, eran la obsesión apasionada de todos los ricos de Roma, o los que soñaban con parecerlo. En conjunto constituyen una especie de fórmula para la mayor riqueza imaginable (18:16; Ex 28:17-20; 39:10-12; Jer 4:30; Ez 16:10-13; cf. Ez 28:13). Las perlas, especialmente, eran codiciadas por todas las damas elegantes del imperio. El verdadero significado de todos estos lujos se revela en los contenidos de la copa dorada de la ramera: son inmundicias nauseabundas, abominables asquerosidades.

Llama la atención que entre las muchas descripciones de figuras impresionantes en el Apocalipsis, sólo de la ramera se destaca lo lujoso de su vestuario y sus joyas. En contraste, la Esposa se viste modestamente de lino fino (19:7-8) y se describe como “una novia hermosamente vestida para su prometido” (21:2).

Oro, joyas y perlas vuelven a reaparecer en la Nueva Jerusalén, pero ahora no van a estar prostituidas. Como las calles y los muros de la ciudad, no tendrán dueño sino serán de todo el pueblo. En la descripción del Reino de Dios, ni se mencionan la púrpura y la escarlata, que definían el status en el imperio. Ya no aparecen los vestidos lujosos por ningún lado. La prostitución económica, la ostentación orgullosa y el consumismo habrán terminado para siempre.

La ramera tenía en la mano una copa de oro llena de abominaciones y de la inmundicia de sus adulterios” (17:4). Las expresiones de lujo siguen con la imagen de esta copa de oro, pero se invierte el significado al revelar los contenidos de la misma. Esta copa, igual que las del capítulo anterior, es de oro, pero con la palabra potêrion (“copa”) en vez de fialê (“taza”). A diferencia de las demás copas del libro, ésta no está para ser bebida ni derramada, sino es esencialmente un adorno, junta con los demás lujos de la ramera. Y aquí, los contenidos de la copa no son vino sino inmundicias, como si la ramera hubiera vomitado en su propia copa de oro.

Con estas imágenes violentas, Juan sube el volumen de su retórica a un nivel muy agresivo contra el imperio romano. El sustantivo bdelugma significa “lo que es repugnante, detestable, abominable, aborrecible” (Ex 5:21, “somos unos apestados ante el faraón”; Gn 43:32; Danker 172; BalzSch I:627; Kittel I:598-600). En sentido religioso, significa lo que Dios repudia con asco y enojo (Is 1:13; Jer 44:22; Prv 28:9; cf. 8:7). Son cosas que no se pueden llevar ante Dios, porque sería ofenderle y profanar su sagrada presencia (Ez 5:11; Lc 16:15). Por eso, muchas veces se trata de politeísmo e idolatría (Lv 18:30 “las abominables costumbres” de los cananeos; Dt 12:33; 2 Cr 28:3; Jer 13:27; 32:35; Ezq 6:9,11; Sir 49:2); a veces puede ser un sinónimo para el ídolo mismo (Dt 7:26; 29:17 [Hebr 29:16]; Ez 5:9,11; cf. Os 9:10; Sab 14:11-12).

El término bdelugma tiene también un importante referente histórico muy específico en la frase “la abominación desoladora” (Mt 24:15; Mr 13:14; “el horrible sacrilegio” NVI). En Daniel (9:27; 11:31; 12:11) y 1 Macabeos, esta expresión se refiere a la abominable profanación cometida por Antíoco Epífanes cuando introdujo una estatua de Zeus en el templo, saqueó el lugar santo (1 Mac 1:20-24) y llegó hasta sacrificar animales impuros sobre el altar de Yahvé (1:47,54). Después Jesús, en su gran discurso apocalíptico, anuncia una nueva “abominación desoladora” con que los romanos destruirían y profanarían el santo templo (Mr 12; Mt 24; Lc 21).

Es casi seguro que aquí también, la mención de las abominaciones en la copa de la ramera traería recuerdos de esta historia de blasfemias contra Dios y persecuciones de su pueblo.

Las palabras “abominación” y “abominable” tenían también un sentido ritual, para describir viandas prohibidas o contactos con lo inmundo, como por ejemplo cadáveres de humanos y de animales impuros. Este concepto de pureza, basado en los códigos de santidad, se hace explícito en el siguiente término, “inmundicias de sus adulterios” (17:4, akatharta tês porneias autês). Según Levi-Strauss, el “sistema dualístico de la pureza [katharismos] y la impureza [akarthasia] en la Biblia” era fundamental y constitutivo a toda la estructura social del pueblo judío (BalzSch I:2096). En el NT esta terminología ocurre especialmente en los evangelios, donde se refiere sobre todo a espíritus inmundos y a los leprosos (Mt 8:2; 10:8). Esta inmundicia ritual se aplicaba también a numerosos aspectos de la sexualidad: las emisiones de semen y otros fluidos (Lv 15:2,16,25), la menstruación (15:19), la misma relación sexual (1 Sm 21; ver Ap 14:5) y una serie de prácticas prohibidas (Gn 34:5; Lv 18:6-8,20,22). También la práctica de la idolatría constituía una inmundicia, tanto por su propia naturaleza corrupta como por la presencia de demonios detrás de tales prácticas (Beale 1999:856). En resumen, podemos concluir que estos términos se relacionan muy claramente con la idolatría del culto al emperador y con la analogía sexual de prostitución.

Es impresionante, y bastante sorprendente, la vehemencia del lenguaje del profeta en estos versículos. Para describir el imperio romano Juan emplea un conjunto semántico de fuerza devastadora: prostitución, borrachera, blasfemia y nauseas. Todo eso es aun más impactante, por el contraste dramático con todo el lujo y el esplendor con que se adorna esta ramera. Con estos cargados pincelazos Juan vuelve repugnante y ridícula la figura tan aparentemente seductora de la ramera.

Faltan dos características más en la descripción de esta ramera. Primero, En la frente llevaba escrito un nombre misterioso: La Gran Babilonia, Madre de las Prostitutas y de las abominables idolatrías de la tierra (17:5). En el pensamiento bíblico el nombre, más que una simple etiqueta, conllevaba la realidad de la persona misma (Beale 1999:857). Por eso, el sentido simbólico del misterio de este nombre nos revela la naturaleza más profunda de Roma: ¡es corrupta hasta los huesos, ramera y madre de rameras! En el NT la palabra metôpon (“la frente”) aparece sólo en el Apocalipsis, y siempre como lugar de algo escrito: el sello de Dios (7:3; 9:4), “el nombre del Cordero y de su Padre” (14:1; cf. 19:12), la marca de la bestia en la frente de sus seguidores (13:16; 14:9; 20:4) y este título de la ramera (17:5).

El título “Babilonia” muestra de nuevo que la ramera no es una mujer sino una ciudad, y que no se trara de la vida sexual. En el AT, desde Génesis 11, Babilonia representa la arrogancia de una superpotencia expansionista y agresora. Además, la figura alude a la idolatría que pretendía alcanzar a Dios por esfuerzo propio (la torre de Babel); su mismo nombre original, Bab-ilu, probablemente significaba “puerta de Dios”. Por otra parte, la frase “la gran Babilonia” expresaba el recuerdo de las incomparables glorias de la ciudad de Nabucodonosor (cf. Dn 4:30). Según Herodoto, el esplendor de Babilonia superaba “a todas las demás ciudades que ojos han visto” (Ewing 1990:150). La ciudad cubría más de 2.000 acres de muros, puertas, palacios y templos (NIDOTT IV:430-433), y sus glorias se recordaban aun en los tiempos del NT (Jos c.Apio I:140-141; Estrabón 16.1.5; BalzSch I:563; Kittel I:514-17). Pero para Juan, todas esas glorias eran más bien nauseas. Lo mismo tendrá que decirse de los esplendores de los imperios de hoy.

La expresión “Madre de las prostitutas” corresponde a un modismo hebreo según el cual “padre” o “madre” podía tener sentido superlativo. Entre los rabinos, “padre (AâB) de los rabinos” significaba “el rabino principal”, y en el mismo sentido Moisés era “el padre de los profetas” (Kittel I:515). Este es el probable sentido de Juan 8:44, donde Jesús llama a Satanás “padre de mentiras”. La palabra “madre” (AêM) aparece a veces con el mismo sentido: Débora era “una madre en Israel” (Jue 5:7), “La fornicación es la madre de todos los males” (T.Sim 5:3; Aune 1998B:937). K. B. Kuhn interpreta la frase de 17:5 como “la principal ramera de todo el mundo” (Kittel I:515).

La Biblia del Peregrino interpreta “madre” aquí como jefa o matriarca de todas las rameras. Ford (1975:288) ve en esta frase un eco de Ez 16:44, donde el profeta exclama sobre la infidelidad de Jerusalén, “Tu eres igual a tu madre”. El significado de ” progenitora” es también posible. Según Tobit 4:13, la ociosidad es madre de la indigencia”. Puede significar que Roma ha fomentado la idolatría (prostitución, abominación) en todo el mundo. Según la muy convincente interpretación económica de Beale (1999:859; cf. Torrance 1959:115-116), el título puede incluir una denuncia del consumismo materialista y el culto a los lujos que fomentaba la sociedad romana.

Era común en tiempos bíblicos referirse a un país con el nombre de otro, por una especie de seudonimia, según el país dominante del momento. Siendo Babilonia la superpotencia más poderosa y opresora del mundo de la época del AT, no sorprende que su nombre aparezca en diversos contextos como sobrenombre para otros regímenes tiránicos. K. G. Kuhn (Kittel I:516) observa que con ” Babilonia” Juan se refiere a una ciudad que existe en su propio tiempo (Ap 17:18) y afirma que “‘esta sólo puede ser Roma”. Kuhn enumera tres razones que considera contundentes: (1) la ciudad se ubica sobre siete colinas, (2) el judaísmo tardío solía emplear “Babilonia” como título de Roma como poder impío y (3) en 1 Pedro 5:13, “la que está en Babilonia” sólo puede significar la iglesia en Roma. En el contexto del Apocalipsis, si Juan no estuviera pensando en Roma, ¿por qué se arriesgaría a emplear lenguaje tan aparentemente subversivo?

Aunque las alusiones a Roma son irrefutables, llama la atención que en ningún momento Juan nombra la ciudad capital ni el imperio. Es claro que Juan está pensando explícitamente en el imperio romano, como contexto histórico de su propio ministerio pastoral y profético, y que esta realidad es el punto de partida para toda la exposición. Es probable también, que Juan estuviera presuponiendo la posibilidad de que la destrucción del imperio romano sería la inauguración del reino eterno de Dios. Pero el mismo hecho de ver sucesivas encarnaciones de la gran bestia — Babilonia, Tiro, Edom, Siria (Antíoco Epífanes, prototipo del Anticristo) y Roma — dejaba abierta la posibilidad de nuevas bestias y nuevas Babilonias. Además, detrás de todos esos poderes está el dragón, el poder supertemporal de la maldad. La referencia al imperio romano es explícita, pero no excluyente.

El último pincelazo en el retrato de esta ramera es la más repugnante: la mujer se había emborrachado con la sangre de los santos y de los mártires de Jesús (17:6 ek tou haimatos tôn hagiôn kai ek tou haimatos tôn marturôn Iêsou; cf. 16:6; 18:24). Ahora la Babilonia, que embriagaba a todas las naciones con su vino enloquecedor (Jer 51:7; Ap 17:2; cf. 14:8; 16:19), se emborracha ella misma, pero no con vino sino con sangre. Este simbolismo incluye dos aspectos: el beber sangre, y el embriagarse con ella. Como ya vimos en la exposición de 16:3-6, el beber sangre era prohibido por el Código de Santidad y era especialmente repulsiva para los judíos (Lv 17:10-14; cf. Dt 12:23; Hch 15:20,29; 21:25). De ahí es sólo un paso a la idea de embriagarse con sangre. Según Isaías 49:26, un oráculo contra los opresores de Israel, el anuncio divino, “Haré que tus opresores… se embriaguen con su propia sangre como si fuera vino”, significa que se matarán unos a otros. Con mucho más frecuencia, curiosamente, son objetos impersonales que se emborrachan: las flechas de Yahvéh (Dt 32:42), su espada (Jer 46:10, contra Egipto; Is 34:5, bañada en sangre 34:6), la tierra (Is 34:7 BJ; “se empapa”; Jdt 6.4, sus montes se embriagarán y las aves (Ezq 39:18-19).

Podemos ver en esta grotesca característica de la ramera una denuncia de lo sanguinario que era el imperio romano en tiempos de Juan. Tácito, un contemporáneo de Juan, describió el imperio bajo Augusto como “una paz manchada de sangre” (Anales 1.10.4), y después narra la cruenta masacre de cristianos por Nerón (15:44). Arens y Mateos (2000:337-338) analizan la forma en que Juan “se atreve a desenmascarar la verdad ‘oficial’ del imperio”:

El lujo y la seguridad del Estado se fundamentan sobre el crimen y el derramamiento de sangre, pero esas “son las exigencias idolátricas del sistema económico” (Beale 1999:859). El bienestar del imperio tiene un alto costo, porque exige víctimas. La borrachera y la prostitución son imágenes fuertes para hablar del pecado de todo imperialismo, insensible (desde el poder o el placer) al dolor de las víctimas y embriagado de poder hasta sentirse dueño de los hombres. Todo se sacrifica ante ese culto, incluso la vida de las personas (18:13)… Lo que oficialmente se llama riqueza, lujo o prestigio y poder, para Juan era prostitución, injusticia, rebelión e idolatría que desafían al cielo. Son presencia y poder satánicos que se oponen al reino de Dios. El poder hace suyas las palabras de Tácito en boca de Agrícola: “siembran desolación y lo llaman paz”.

Pikaza (1999:197) observa que “Roma ha construido su poder y lo mantiene sobre un fundamento de antropofagia ritual: vive de la sangre de sus sometidos. La persecución de los cristianos es la punta de iceberg de un sistema universal de opresión y muerte”. En el mismo sentido, Bauckham (1993A:349) comenta que “igual que toda sociedad que absolutiza su propio poder y prosperidad, el imperio romano no podía existir sin víctimas”. Para Bauckam, el Apocalipsis es quizá la crítica más penetrante y profunda del imperio romano temprano.

Acerca de bereano20

Por mas de 23 años he estudiado las Escrituras. Quiero animarles a meterse en las profundidades de la Palabra de Dios. I have gone into the writings for over 23 years. I want to encourage them to get involved in the depths of the Word Of God.
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Una respuesta a Apocalipsis 17 La Ramera (Exégesis) Por Juan Stam

  1. BREVE CRÍTICA AL PROFETISMO JUDÍO DEL ANTIGUO TESTAMENTO: La relación entre la fe y la razón expuesta parabolicamente por Cristo al ciego de nacimiento (Juan IX, 39), nos enseña la necesidad del raciocinio para hacer juicio justo de nuestras creencias, a fin de disolver las falsas certezas de la fe que nos hacen ciegos a la verdad mediante el discernimiento de los textos bíblicos. Lo cual nos exige criticar el profetismo judío o revelación para indagar “si es verdad o es mentira” que los textos bíblicos son palabra de Dios. Enmarcado la crítica en el fenómeno espiritual de la trasformación humana y, las ciencias y técnicas que nos ayudan a desarrollarnos espiritualmente. Abordados por la doctrina y la teoría de la trascendencia humana, conceptualizadas por los filósofos griegos y los místicos hindúes. Sabiduría védica instruida por Buda e ilustrada por Cristo, la cual concuerda con los planteamientos de la filosofía clásica y moderna, y las respuestas que la ciencia ha dado a los planteamientos trascendentales: (psicología, psicoterapia, logoterápia, desarrollo humano, etc.). Utilizando los principios universales del saber filosófico y espiritual como tabla rasa, a fin de deslindar y hacer objetivo lo “que es” o “no es” del mundo del espíritu. Método o criterio que nos ayuda a discernir objetivamente __la verdad o el error en los textos bíblicos analizando los diferentes aspectos y características que integran la triada preteológica: (la fenomenología, la explicación y la aplicación, del encuentro cercano escritos en los textos bíblicos). Vg: la conducta de los profetas mayores (Abraham y Moisés), no es la conducta de los místicos; la directriz del pensamiento de Abraham, es el deseo intenso de llegar a tener una descendencia numerosísima y llegar a ser un país rico como el de Ur, deseo intenso y obsesivo que es opuesto al despego de las cosas materiales que orienta a los místicos; es por ello, que la respuestas del dios de Abraham son alucinaciones contestatarias de los deseos del patriarca, y no tienen nada que ver con el mundo del espíritu. La directriz del pensamiento de Moisés, es la existencia de Israel entre la naciones a fin de llegar a ser la principal de todas, que es opuesta a la directriz de vida eterna o existencia después de la vida que orienta el pensamiento místico (Vg: la moradas celestiales, la salvación o perdición eterna a causa del bien o mal de nuestras obras en el juicio final de nuestra vida terrenal, abordadas por Cristo); el encuentro cercano descrito por Moisés en la zarza ardiente describe el fuego fatuo; el pie del rayo que pasa por el altar erigido por Moisés en el Monte Horeb, describe un fenómeno meteorológico; el pacto del Sinaí o mito fundacional de Israel como nación entre las naciones por voluntad divina a fin de santificar sus ancestros, su pueblo, su territorio, Jerusalén, el templo y la Torah; descripciones que no corresponden al encuentro cercano expresado por Cristo al experimentar la común unión: “El Padre y Yo, somos una misma cosa”, la cual coincide con la descrita por los místicos iluminados. Las leyes de la guerra dictadas por Moisés en el Deuteronomio causales del despojo, exterminio y sometimiento de las doce tribus cananeas y del actual genocidio del pueblo palestino, hacen evidente la ideología racista, criminal y genocida serial que sigue el pueblo judío desde tiempos bíblicos hasta hoy en día, conducta opuesta a la doctrina de la no violencia enseñada por Cristo __ Discernimiento que nos aporta las suficientes pruebas objetivas de juicio que nos dan la certeza que el profetismo judío o revelación bíblica, es un semillero del mal OPUESTO A LAS ENSEÑANZAS DE CRISTO, ya que en lugar de sanar y prevenir las enfermedades del alma para desarrollarnos espiritualmente, enerva a sus seguidores provocándoles: alucinaciones, estulticia, delirios, histeria y paranoia; propiciando la bibliolatría, el fanatismo, la intolerancia, el puritanismo hipócrita, el sectarismo, e impidiendo su desarrollo espiritual.

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